domingo, 13 de enero de 2008

OBST UND GEMÜTLICH (Fruta y velluda)

.


Es una tarde obscura y obstusa de domingo.

Tengo DOS pensamientos

que, no obstante,

son demasiado largos como para enhebrarlos con palabras.

Así que intento relajarme:

cagar un poco, un plátano, un té negro

—hay dos imanes olvidados en un lateral de la nevera—

y quisiera tocar la guitarra

pero tengo las uñas largas e incómodas

y demasiada pereza como para arreglarlas.

Estos versos y yo nos parecemos

entre nosotros y a una —probablemente— mala traducción de Charles Bukowski.

Seguro que él también anduvo rebuscando

en este hediondo cajón de la miseria

pero cambió su té por un trago de whiskey

y su plátano plástico por un cigarro, o dos.



Hay más Bukowskis, tan sólo que no saben

primero que lo son

segundo que no son los primeros

tercero que eso hace que dejen de ser únicos

y cuarto de estar, de costura, de baño y medio.



¡Lo que escupo con tal

de no limpiar el piso —que tan poco he ensuciado!
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viernes, 4 de enero de 2008

EggS


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hUNGER


Zavs se encontraba en un planeta extraño. Un comité de bienvenida, fastuoso y pesado, se alineaba junto a la puerta de su nave. Y ni siquiera tuvo que abrir la puerta, ni siquiera tuvo que caminar por la alfombra roja que habían extendido; en un fogonazo, sin darse ni cuenta, se encontraba en una sala de recepción, rodeado de las más provectas y provechosas personalidades. Aún desconcertado por el inesperado desvanecerse aquí y aparecer allá, Zavs tenía las piernas temblorosas y la respiración entrecortada. Un gran hombre, seguramente algún embajador o alto dignatario, se acercó a él con paso solemne y orgulloso:

― Respire, querido invitado, disfrute del fresco aire de nuestro planeta.

Y Zavs, ablandado por la voz sonora y roma, tomó una gran bocanada de aire, que en verdad era fresco, con un cierto aroma mentolado muy agradable. El gran hombre le miró con expresión curiosa:

― ¿Sabe usted que cada vez que respira mueren dieciocho personas?
― ¿Có…cómo dice?
― Sí, dieciocho, ni una más ni una menos, cada vez que usted toma una de nuestras preciosas bocanadas al mentol.
― Pe… pero… ¿y qué puedo hacer?

Zavs empezó a hacer visibles esfuerzos ―inútiles esfuerzos― por no respirar, se amorató un poco y luego se deshizo con el silbido de una olla a presión; acto seguido y sin poder evitarlo, como el fuelle veterano de una fragua, tomó una bocanada aún mayor.

― Bueno, con ésta última puede que hasta veinte personas.
― ¿Qué hago entonces? Dígame, ¿cómo puedo evitarlo?¿debería dejar de respirar?

El gran hombre le dirigió una mirada compasiva y un tanto oblicua:

― Así sólo conseguiría que murieran dieciocho personas más una: usted. Pero siéntese, siéntese, no se altere…

Un sofá mullido, de magnífica piel, le esperaba. Y Zavs, todavía no repuesto de la conversación, se dejó caer mansamente, abrazado por el formidable relleno de aquel sofá. No pudo por menos de admirarlo:

― Excepcionales sofás tienen ustedes, sí señor, en mi planeta serían la más grande envidia.
― Sí, tiene razón, señor Zavs. Son hechos a manos por niños a los que se les han arrancado los ojos. Se les promete que, si confeccionan el más precioso sofá, se les devolverá la vista.
― ¿Qué está diciendo?
― Es sólo una artimaña, claro, no se les devuelve la vista, como usted comprenderá. Tras unos cuantos sofás, ellos mismos lo comprenden. Entonces se usa el hambre para atenazarlos. La promesa de un grano de uva basta para que el sofá sea tan cómodo y confortable como el que está disfrutando.
― ¿Y entonces?
― Para tenerlos en vilo y que los sofás sigan siendo extraordinarios, hay que mantenerlos hambrientos… al final, mueren de inanición, pero dejan tras de sí varias obras de arte. Los mejores llegan a hacer hasta veinte sofás. Se calcula que por cada veinte personas que se sientan a un sofá muere uno de estos niños.

Zavs echó una ojeada a la sala. Había como mínimo doscientas personas, arrellanadas bajo sus tremendas panzas, repartidas en los sofás. Diez niños muertos de hambre. Empezó a sentir una oleada de náusea verde y pegajosa. Entonces entraron los camareros, impolutos, portando grandes bandejas repletas de manjares.

― Coja, señor Zavs, coja uno de estos canapés: le aseguro que son la mayor delicia que habrá probado jamás.
― Y luego me dirá que han muerto cien mil personas para confeccionarlo…
― No, hombre, descuide, son de salmón, no se mata a nadie para hacerlos.

Zavs, aliviado, se abalanzó sobre la bandeja y, en un periquete, cayendo un poco en la desvergüenza, se zampó seis o siete canapés. Hay que admitir que estaban terriblemente buenos.

― Vaya, ¿dónde tienen estos salmones?
― Son salmones de los ríos del norte. Salmones gigantes. De hecho, uno sólo de estos salmones podría alimentar a varias familias. Pero sería un desperdicio. Hay que matarlos con cuidado y luego dejar que la carne se pudra lentamente. Cuando toda está putrefacta y apestosa, milagrosamente, en el centro del salmón, queda un pequeño trocito intacto y brillante. Este trocito es el que se acaba de comer usted repetidas veces.
― ¿Dejan que la carne se descomponga para hacer estos canapés?
― Sí, y ha habido revueltas, no se crea, sobre todo durante las hambrunas, porque algunos lo consideraban injusto… ¡pero no me diga que no están ricos!

Zavs hizo un rápido cálculo: había respirado unas trescientas veces (eso suponía cinco mil cuatrocientas personas muertas), se había sentado en un sofá (hecho por un niño al que le arrancaron los ojos y dejaron morir de hambre) y se había comido siete canapés (unas veinte familias agonizando por la hambruna). Pero no sólo eso, la sala entera no paraba de respirar, de comer, de sentarse en sofás… ¡aquello era para volverse loco! Desesperado, empezó a ser consciente del monstruo en que se estaba convirtiendo desde la llegada a aquel planeta: un asesino, un ser inhumano y cruel. Se levantó de repente del sofá maldito, renunció a los canapés de salmón y empezó a medir sus respiraciones. Todo fue inútil: el sofá seguía allí, el gordo de más a la derecha se regocijó por los canapés rechazados y se los echó al coleto sin pensárselo…¡y todos seguían respirando!

Oprimido por la culpa y la vergüenza, abandonó la sala a todo correr. Quería volver a su nave, huir de aquel mundo infecto, volver a ser inocente. Pero cuando llegó a la nave, la imagen más desoladora estaba ante sus ojos: todos los cadáveres de los que era responsable se apilaban cubriendo la nave. Más de siete mil, de todas las edades, yacían allí, amontonados, haciéndole imposible entrar a la nave. Y cada vez que respiraba, dieciocho cuerpos inertes caían sobre el creciente montón con un ruido sordo y terrible.

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domingo, 9 de diciembre de 2007

U nueve


U nueve Richtung Osloerstraße (rijtun osloerestrase). A las siete de la tarde, la u nueve está lo suficientemente llena como para que se pueda calificar de “incómodo”. Un exceso de humanidad no compartida en cada vagón: manadas de asteroides. Abandonamos despacio (zurückbleiben, bitte!) Zoo y nos colamos en la negrura de los túneles. Arriba, seguramente, circulan coches aturdidos y peatones borrachos.

― Hansaplatz
Tomamos aire. Intercambiamos algunos cromos: dos turcos, un alemán y un chino por tres polacas, un negro, y otro alemán -éste sucio- con un perro –éste limpio-.

Zu Osloerstraße, einsteigen, bitte!

Zu Osloerstraße, zurückbleiben, bitte!

Pi-pi-pi... ¡¡Tomp!!

Las puertas chocan plásticas y expertas. Dejamos algo de nuestra inercia en Hansaplatz, nos oponemos… pero un duende azul eléctrico empuja al tren, despacio, de nuevo por los túneles. Aquí dentro reina una luz agotada que huele a armario. Resonamos contra los raíles dormidos, nosotros despiertos, en el sueño que va de un respiradero al siguiente.

― Turmstraße
Vaciamos de nuevo la vejiga dolorida y tirante. Una vieja, dos estudiantes con tacones y máscaras de rimel, auriculares Sony sobre una cabeza de niño. Todo esto y algunas esperanzas que escapan disparadas escaleras arriba. Entra una pareja. Bueno, entran muchos más, pero entra también una pareja. En una primera impresión llaman la atención por su estatura: les falta poco para ser bajos y

Zu Osloerstraße, einsteigen, bitte!

Zu Osloerstraße, zurückbleiben, bitte!

Pi-pi-pi... ¡¡Tomp!!

mucho para ser altos. Él recuerda dolorosamente a una oveja. No sé si sus ricitos lacios o la expresión vacía y suplicante. Ella, a su vez, se arrepiente de su vida. De cada minúscula parcela, pero, sobre todo, de estos segundos presentes que el túnel va engullendo. Merece más. Pero ya es tarde para arreglarlo. Todo esto me lo gritan sus párpados cansados.
La oveja aprieta insegura un panecillo. Lo aprieta como si no tuviera otra cosa a que agarrarse: algunas migas se suicidan alegres. “¿Por qué no me bajo?” Piensa ella. Quiere huir de la oveja que bala sonrisas serviles. Alguien dobla el Berliner Zeitung con un estrépito terrible, hay una mujer desnuda en la última página. La impresión en color sobre papel de periódico vuelve su cuerpo viejo y deslucido.
Han conseguido comunicarse. Ella se ha rendido.

― Birkenstraße
Ahora quiere entregarse, quiere llegar lo más cerca del cielo a lomos de su oveja. Poco a poco, se van envolviendo en una intimidad frágil y tensa. Cuando la aprietan

Zu Osloerstraße, einsteigen, bitte!

Zu Osloerstraße, zurückbleiben, bitte!

Pi-pi-pi... ¡¡Tomp!!

demasiado, algunas miradas se suicidan alegres sobre las collejas blandas de los pasajeros. “¡Si tan sólo pudiera estar erguido, quitar esa horrible curva de su espalda! Pero yo le enseñaré, yo lo transformaré…” Se apartan, incómodos, para dejar espacio a la señora que entra con una bicicleta verde. Una sonrisa enorme y fofa invade el hocico de la oveja. Ha divisado dos sitios y arrastra ufana a su pareja de la mano. Se sientan, abandonan el estrado. Ahora vuelven a ser dos ciudadanos grises como un número par. A partir de aquí, ya no sabremos nada más de ellos.

― Westhafen
Hay que hacer transbordo. Me escapo entre los azulejos amarillos que chillan en la estación. A mi espalda, amortiguado por el aire pesado y sucio, sigue resonando

Zu Osloerstraße, einsteigen, bitte!

Zu Osloerstraße, zurückbleiben, bitte!

Pi-pi-pi... ¡¡Tomp!!

Subo las escaleras de dos en dos. No tengo prisa, sólo es que me divierte. Respiro. El sol pone al rojo los raíles en su huída. El S42 está en camino.

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sábado, 17 de noviembre de 2007

¡Oh, Capitán, mi Capitán!

«Un día del verano de 1938, ofensiva del Ejército Nacional en Extremadura, en la siberia extremeña. Llegamos hasta el pueblo de Zarza Capilla donde se paró para establecer línea de frente. El mando me ordenó aparcar en un olivar cercano a la carretera. Allí nos repartimos por los olivos para comer algo y dormir un poco, porque estábamos despiertos desde madrugada. Nos repartimos por los olivos, a la sombra, y ocultamos los camiones lo mejor que pudimos. ¡Pero nuestro descanso duró poco! Apareció una escuadrilla de aviones enemigos que empezó a bombardearnos, atraídos por el cebo de los camiones. Yo, que estaba acostado debajo de un olivo, tumbado debajo de una manta, miré hacia arriba y vi caer las bombas desde un avión con un estruendo terrible. Es impresionante ver las bombas en busca de uno: pues los proyectiles de artillería no se ven aunque sí se oyen; pero como la velocidad de las bombas de aviación es menor, pues se ven venir, todas negras, y formando un estrépito terrible… La impresión era que me iban a caer todas las bombas en la cabeza.

Por un… reflejo involuntario, me agaché y salí a gatas hasta refugiarme detrás de un montón de piedras que había cerca, en una linde. Cayeron las bombas, ¡muy cerca! porque a mí me parecía que caían todas encima. Pero en fin... al fin se despejó la cosa y tuve… gracias a Dios de no recibir ninguna. Fui a recoger la manta y estaba hecha jirones.

Cada cual que explique el asunto como quiera.

Luego, para más… desgracia, tuve que recoger en una manta los trozos de cerebro de un sargento que estaba durmiendo muy cerca de mí.

Ahí termina la historia.
»


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martes, 13 de noviembre de 2007

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La primera abstracción es la palabra.

Todo proceso de resolución de un problema requiere, si ha de ser exitoso, de una adecuada identificación de las distintas variables en juego (esto, que es evidente en la ciencia, ocurre de igual manera en todos los campos del conocimiento que se enfrentan a la resolución de problemas). El hombre se enfrenta, desde hace ya unos miles de años, al problema Mundo. Más concretamente, a la proyección del problema Mundo que el hombre es capaz de percibir.

Para lidiar con ese problema muchos se han tomado la molestia antes de que naciéramos nosotros de identificar las variables. A cada variable le asignaron una combinación de sonidos (no única, pero sí única en cada lenguaje). Así, crearon un vastísimo registro de variables, traducibles más o menos completamente entre los distintos lenguajes. Nacieron las palabras.

En un segundo paso, otros (o quizás los mismos) se tomaron el trabajo de, a cada uno de esos sonidos o de esas combinaciones de sonidos, asignarle un símbolo o una combinación ellos. Nació la escritura.

Las palabras nos permiten estructurar el pensamiento. El texto que estás leyendo no es más que una sucesión de palabras, cada una con un reflejo sonoro, que están asociadas a conceptos u objetos. Desde que naciste has ido aprendiendo de manera inconsciente estas asociaciones que están, por así decirlo, acordadas. Así, si yo escribo manzana, no has podido evitar, al leerlo, pensar en una manzana (quizás roja, quizás amarilla, quizás verde, esa variable no había sido determinada, así que has tenido la libertad de pensarte tu propia manzana). Seguro que no has pensado en lo que llamamos piña, ni en lo que llamamos muelle o semicorchea.

Con las palabras construimos ideas y no las usamos sólo para comunicarnos. ¡Ni mucho menos! Estamos tan habituados a pensar con palabras que nuestro pensamiento interno lo estructuramos con palabras: “¡Vaya, ahora se pone a llover!” o “A ver si mañana me acuerdo y echo gasolina”. Pero todo sistema tiene sus desventajas. El que usamos para enfrentarnos al problema Mundo también las tiene:

En primer lugar, aunque cuesta ser conscientes de ello, estamos limitados por la definición de variables que hemos adquirido. Esto se ve muy a las claras comparando un idioma con otro: algunos tienen conceptos asociados a una palabra que en otros idiomas sólo se pueden aprehender ―y a veces vagamente― mediante una combinación de palabras. Algún lector traductor podrá poner ejemplos valiosos.

En segundo lugar, esa limitación se extiende de manera absoluta al terreno de lo “irracional” o lo “emocional”. Sí, porque hay una parte de nosotros que no se deja apresar por las palabras. De hecho, ya pensábamos antes de inventar el lenguaje…pero lo hacíamos sin palabras. Ahora, sin embargo, no somos capaces de pensar sin palabras. Eso hace que, a veces, intentemos abusar de las posibilidades que ofrecen. Son situaciones en las que intentamos traducir a palabras la tristeza, la ira, el amor, la agonía, el contento… Estas emociones, que tienen una conexión mucho más directa con nosotros, son pobremente representadas por el lenguaje.

En tercer lugar, carecemos comúnmente de la capacidad de definir nuevas palabras. Sí las tenemos para las innovaciones en lo material, social, técnico, artístico, científico… No las tenemos sin embargo en lo humano. Una explicación de esto podría ser que el hombre en realidad no ha cambiado y no necesita nuevas palabras. Pero también podría uno pensar que el conjunto de palabras que le ha sido dado no es suficiente. En cualquier caso, es un enfoque complicado, ya que, al estructurar nuestro pensamiento con palabras, debemos cambiar un sistema basándonos en él… la ―quizás― imposibilidad de levantarnos por encima del sistema que usamos (el teorema de incompletitud de Gödel).

Y esto es sólo un ingenuo listado. El comienzo de una recopilación imposible.

La palabra, como primera abstracción, es la base para la creación de nuevas abstracciones: progreso, trabajo, libertad, muerte… pero sobre esto quizás escriba más adelante.

Vale.

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jueves, 1 de noviembre de 2007

100010110100101010111010100101011010......


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