miércoles, 9 de marzo de 2011

Autobús de línea. El 6A: La Alberca- Murcia.


Ayer lunes vinieron dos seises seguidos a las ocho y media: uno normal y otro especial. Nos agolpamos frente a las puertas del primero —una multitud heterogénea—: marroquíes, subsaharianos, españoles, eslavos, etc. La tripulación de una galera romana. Se abrieron las puertas y el conductor nos gritó: ¡Los de Jesús Abandonado, al autobús de atrás! Solo quedamos en el primer autobús los españoles. Entre el resto, aunque muchos no hablaran español, la orden se extendió como una mancha de tinta. Cogí un asiento que miraba en sentido contrario a la marcha. Viajaba, pues, enfrentado al seis especial. En él se repartían los desamparados, con las miradas perdidas.
Hoy martes a las ocho solo viene un seis. No hay seis especial. De nuevo, hay una mezcla insólita de tripulación, pero hoy solo hay un autobús. Vamos entrando y nos vamos apretando, todos de pie, hombro con hombro, con espalda, con brazo y con tórax. Nos hacinamos mientras el conductor, desesperado, grita, ¡pasad para atrás! Y no cabemos más, y una fila inquieta sigue esperando ante la puerta. El conductor se vuelve ¡Si no pasáis para atrás, no pueden subir estos! Algunos murmuran nerviosos, en español, en árabe, en inglés. Nos va inundando un olor acre a humanidad y miseria. Finalmente, el autobús parte dejando a alguna gente en la parada ¡Ahora viene otro! les grita el conductor a modo de consuelo y arranca brusco, haciendo bambolear todo el autobús.
Frente a mí —aunque a escasos centímetros—, un hombre bajo le murmura a otro por encima del hombro:
—This is not allowed, we travel here packed as pigs. In France the police would stop the bus and shout: ¡everybody out! This is not allowed!
Y… sí, somos unos 60 cerdos apretados. Miro directo sus ojos azules y le digo:
—You’re right, this is probably not allowed. This is well above the limit.
Queda, por un momento, confundido.
—Where did you learn English? —me pregunta.
—I’ve been to Germany.
—Yes, I thought you had a bit of a German accent.
—Where are you from?
—I come from France but I’m originally from Scotland, even though I haven’t been there for thirty years. I was expelled from the UK and after that I’ve lived in many countries.
Mientras me habla, clava en mí sus serenos y punzantes ojos azules, enmarcados por finas arrugas en una cara curtida por el tiempo.
—And how long have you been in Spain?
—Well, I went to Barcelona three weeks ago and there they robbed me and hit me; I had to be sent to hospital. But now I want to get out of this shit. This is not life; we are given free bad meals and free bad linen. People stink there.
—It must be difficult; it's a strange mix of cultures.
—It’s not that. They are just not responsible; they are not mature, not prepared for the responsibility. They like to go and create a mess and then have a woman clean everything. They don’t wash themselves, they stink like shit. It’s four people in a room and they are loud the whole night long and stink like shit, they just don’t show any respect for humanity.
—They must be used to something very different in their countries.
—They are just not prepared for living in a society; they want to be given everything for free. They want to go and shit anywhere. If you want to be a part of the society you need a lot of money, you need to pay a rent, you need to pay for the electricity bill, to pay two months caution... They are outsiders; they are always going to be. But not me, I’m out of this shit tomorrow. I’m going back to France.
—How are you getting back there?
—By train, I’ve got a train ticket and a lot of food, tomorrow I’m out of this shit. But it’s been good experience, you know? If you just watch it on the TV, you don’t know what is really going on here, because they just show you what they want you to know, but you need to go to the place and to live there to see reality. It’s been good experience.
—But you had enough of it, right?
—Yes, I was robbed and attacked, I was sent to the hospital in Barcelona and they didn’t heal me properly, you see my finger?
Me muestra sus manos con los dedos estirados, el dedo anular de su mano izquierda está claramente hinchado y torcido en una articulación.
—They didn’t cure it, you see? Then I was out of hospital and I lost my head, I came down to Murcia and I’ve been living in shit for two weeks. But tomorrow I go back!
Otro hombre, mucho más joven, se inclina hacia nosotros.
—Will you stop complaining? If you are in Siberia you can complain, with minus forty grados, but here... You are going to miss this.
—I will not complain anymore, I’m travelling back to France tomorrow, I have everything there.
—What you have there? Nobody knows what you have there.
—I have a nice girlfriend and good food and I can have a quiet life.
—Good food? This food is better than France!
—But in France I eat Murcia! I go into a shop and see where the food is coming from: Murcia, Valencia, Andalusia… In France we eat Spain.
—I’m sure you are going to miss this bus.
—I’m not taking the bus anymore!
—And what are you going to do?
—Driving! My friend has a car there!
Hace con las manos el gesto de coger el volante.
—Here I was attacked, stolen, and the police took my two knives away. They said they were too big, you know? Two French knives for eating bread, they said they were too big, they said I could just carry a small knife like this.
Separa sus manos como si sostuviera una nuez entre ellas.
—And you know what the best part of it is? The British government is paying.
—The British? You mean the French?
—No, no, because I’m not a French citizen. I’m a British citizen. So I go to the woman and she rings the French government, with my social security number and everything, but they say I’m not French. So she then rings England, and they want to keep me happy, you know? They pay for a big bag of food and a train ticket.
Señala una bolsa de comida a sus pies.
—This is calidad, you know? ¡Calidad español!
Un hombre a su espalda se gira y susurra:
—Could you press the bell?

Estamos llegando a Jesús Abandonado. La marea se precipita hacia la puerta y yo quedo inmóvil, rodeado por ese maremágnum de cuerpos que fluye, sumergido en sus olores, en sus conversaciones, pero infinitamente lejos de ellos, de sus sueños. Mi amigo se agacha, recoge satisfecho su gran bolsa de comida. Le toco en el hombro:
—Good luck for your trip tomorrow!
Me mira, confundido un instante.
—Aren’t you coming down? Why? Where are you getting off?
—Further ahead.
—Oh…
Se baja del autobús y se cierran las puertas tras él y tras todos los que, como él, van a pasar la noche en ese espacio de miseria. El autobús queda semivacío y en silencio y sigue su trayecto noctámbulo hacia La Alberca.
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sábado, 30 de octubre de 2010

LA GUARDIA BLANCA - Mijaíl Bulgákov



«Durante toda su vida, hasta 1914, Kozir había sido maestro rural. El año catorce, al empezar la guerra, fue a parar a un regimiento de dragones, y en 1917 había sido ascendido a oficial. El amanecer del catorce de diciembre del dieciocho sorprendió a Kozir, al pie de la ventana, como coronel del ejército de Petliura sin que nadie —y menos que nadie el propio interesado— pudiera decir cómo habían rodado así las cosas. Y esto ocurrió porque la guerra era para él una verdadera vocación, mientras que la profesión de maestro no había sido más que un largo y tremendo error. Es algo, por lo demás, muy frecuente en nuestra vida. Durante veinte años uno se dedica a cualquier cosa, por ejemplo, a enseñar Derecho romano, y al veintiuno descubre de pronto que el Derecho romano no le importa lo más mínimo, no le gusta y ni siquiera lo comprende; en realidad es un excelente floricultor y siente un amor apasionado por las flores. Hay que suponer que esto obedece a la imperfección de nuestro régimen social, en el que muy a menudo la gente sólo logra ocupar el lugar que le corresponde al fin de su vida. Kozir pasó a ocuparlo a los cuarenta y cinco años. Hasta entonces había sido un mal maestro, cruel y aburrido.»
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martes, 5 de octubre de 2010

Un centenario rayo

1 M Un Carnívoro Cuchillo by user6002413


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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Mi tía holga


El derecho a la huelga me parece, sinceramente, el derecho a la pataleta, a la rabieta, a decir “¡Eh, que estamos muy enfadados, que esas decisiones vuestras no nos gustan nada!”. Luego, que eso se traduzca en alguna rectificación por parte de los gobernantes ya es harina de otro costal. Y no estoy hablando de esta huelga concreta con estos gobernantes, me refiero a cualquier huelga. Porque la huelga viene a ser en la política lo que es la canción protesta en la música. Suena y suena y suena; pero ese soniquete no tiene ningún efecto en el mundo real.

Lo cierto es que considero las huelgas una forma un tanto primitiva de funcionar. En esta democracia —gobierno del pueblo— en la que el ciudadano supuestamente tiene la potestad de participar en el gobierno, lo único que se puede hacer en realidad es depositar un papelito cada cuatro años para votar por alguno de los partidos políticos que se presentan a las elecciones. Por descontado, son listas cerradas, así que no se puede votar a los individuos, sino a los partidos. Luego, como era de esperar, los ciudadanos no son consultados ni una sola vez hasta pasados otros cuatro años. En todo ese tiempo, el partido en el gobierno tomará las decisiones que estime oportunas según sus intereses políticos —más conocidos bajo el nombre de interés general—. Si alguna de esas decisiones no gusta, los ciudadanos podran optar por las siguientes opciones:
  • Aguantarse.
  • Poner los ojos en blanco.
  • Ir a un bar y poner verde al gobierno, en animada conversación con camarero y amigos.
  • Despotricar del gobierno junto con el gasolinero mientras se reposta.
  • Ver un canal de televisión contrario al gobierno, donde una serie de tertulianos encendidos despotrican. Por poco más de un euro, también, mandar un sms para que toda la audiencia vea su formada y bien argumentada opinión.
  • Colgar un comentario en algún periódico digital, cuidando de evitar términos como “hijos de puta”, para que su opinión no sea censurada.
  • Hacer huelga.
Todas estas opciones son igualmente efectivas.

Cuando era pequeño y me contaban lo de la democracia, en mi cabeza rondaba más bien la idea de una democracia participativa. Es decir, donde el ciudadano decide qué se hace y qué no se hace. Entiendo que organizar un referéndum en el S.XVIII era muy complicado, y parecía más eficaz que el ciudadano se inmiscuyera lo menos posible en la política —sin apartarlo del todo, no obstante, dejándolo expresarse una vez cada cuatro años—. Hoy día, sin embargo, cuando hay miles de terminales que podrían recoger el voto de los ciudadanos (estoy pensando desde los ordenadores personales hasta los cajeros automáticos), no entiendo por qué persistimos en el arcaismo de elegir a un grupo de personas que nos dirijan y, si algo no nos gusta, salir a la calle con banderas y pitos para demostrárselo. ¿No sería más fácil que participáramos desde un principio en la toma de decisiones?

Las huelgas huelgan, o menos huelga y más juerga.

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sábado, 25 de septiembre de 2010

Corominae Gratia

Exploring our roots, click on the picture to make it bigger. Thanks, Pol.


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domingo, 5 de septiembre de 2010

Subtitul_ando: The Office S02E07














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lunes, 30 de agosto de 2010

Rayos X

Entre, quítese la ropa excepto los calzoncillos y póngase esta bata. Deja una de esas batas que parecen de papel sobre la camilla. Es azul oscura. Sale de la habitación y me quedo acompañado de los gruesos brazos metálicos que descansan allí, dormidos del mundo. Visto la bata con la abertura por delante aunque tengo la certeza de que debería ser al revés. La chica, pudorosa, no entra, sino que introduce una mano menuda por la abertura de la puerta dándome a entender que está ahí fuera esperando a que yo termine. Cuando quiera. Entra, ahora sí, y prepara un lecho de placas. Colóquese aquí, con los pies juntos. Separe los brazos...así, agárrese aquí con las manos. Pegue la espalda a la parte de atrás. Ahora le diré que no respire y que respire, ¿de acuerdo? Asiento y quedo inmóvil viendo cómo ella sale y se coloca al otro lado de la ventanita que hay en la pared izquierda. El ojo de rayos me mira frente a frente, puedo sentir su respirar afilado e inmisericorde. ¡No respire! Y contengo el poco oxígeno que hay en ese momento en mis aburridos pulmones. ¡Clonc! Oigo el disparo y siento la ola de radiación atravesarme. La bata se mueve imperceptiblemente contra el vello del pecho, impulsada por dios sabe qué partículas subatómicas. Mis células quedan arrasadas. He sobrevivido, por ahora, a una pequeña catástrofe nuclear. Este procedimiento se repite otras dos veces, con distintas posturas. Ya no noto la oleada caliente de los rayos x, parezco estar acostumbrado a ella. Hemos terminado. Me visto y espero los resultados fuera. Son unas radiografías enormes, salgo a escala, casi de cuerpo entero. Veo mis costillas, mi columna vertebral, mi cráneo: los trozos de piedra que me sostienen.
Ya en casa, por la noche, siento los huesos cansados y doloridos, reblandecidos por ese mar de átomos que los ha doblegado. Mis células se duelen, no en su composición, sino en su dignidad.

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