miércoles, 29 de septiembre de 2010

Mi tía holga


El derecho a la huelga me parece, sinceramente, el derecho a la pataleta, a la rabieta, a decir “¡Eh, que estamos muy enfadados, que esas decisiones vuestras no nos gustan nada!”. Luego, que eso se traduzca en alguna rectificación por parte de los gobernantes ya es harina de otro costal. Y no estoy hablando de esta huelga concreta con estos gobernantes, me refiero a cualquier huelga. Porque la huelga viene a ser en la política lo que es la canción protesta en la música. Suena y suena y suena; pero ese soniquete no tiene ningún efecto en el mundo real.

Lo cierto es que considero las huelgas una forma un tanto primitiva de funcionar. En esta democracia —gobierno del pueblo— en la que el ciudadano supuestamente tiene la potestad de participar en el gobierno, lo único que se puede hacer en realidad es depositar un papelito cada cuatro años para votar por alguno de los partidos políticos que se presentan a las elecciones. Por descontado, son listas cerradas, así que no se puede votar a los individuos, sino a los partidos. Luego, como era de esperar, los ciudadanos no son consultados ni una sola vez hasta pasados otros cuatro años. En todo ese tiempo, el partido en el gobierno tomará las decisiones que estime oportunas según sus intereses políticos —más conocidos bajo el nombre de interés general—. Si alguna de esas decisiones no gusta, los ciudadanos podran optar por las siguientes opciones:
  • Aguantarse.
  • Poner los ojos en blanco.
  • Ir a un bar y poner verde al gobierno, en animada conversación con camarero y amigos.
  • Despotricar del gobierno junto con el gasolinero mientras se reposta.
  • Ver un canal de televisión contrario al gobierno, donde una serie de tertulianos encendidos despotrican. Por poco más de un euro, también, mandar un sms para que toda la audiencia vea su formada y bien argumentada opinión.
  • Colgar un comentario en algún periódico digital, cuidando de evitar términos como “hijos de puta”, para que su opinión no sea censurada.
  • Hacer huelga.
Todas estas opciones son igualmente efectivas.

Cuando era pequeño y me contaban lo de la democracia, en mi cabeza rondaba más bien la idea de una democracia participativa. Es decir, donde el ciudadano decide qué se hace y qué no se hace. Entiendo que organizar un referéndum en el S.XVIII era muy complicado, y parecía más eficaz que el ciudadano se inmiscuyera lo menos posible en la política —sin apartarlo del todo, no obstante, dejándolo expresarse una vez cada cuatro años—. Hoy día, sin embargo, cuando hay miles de terminales que podrían recoger el voto de los ciudadanos (estoy pensando desde los ordenadores personales hasta los cajeros automáticos), no entiendo por qué persistimos en el arcaismo de elegir a un grupo de personas que nos dirijan y, si algo no nos gusta, salir a la calle con banderas y pitos para demostrárselo. ¿No sería más fácil que participáramos desde un principio en la toma de decisiones?

Las huelgas huelgan, o menos huelga y más juerga.

Share/Bookmark

sábado, 25 de septiembre de 2010

Corominae Gratia

Exploring our roots, click on the picture to make it bigger. Thanks, Pol.


Share/Bookmark

domingo, 5 de septiembre de 2010

Subtitul_ando: The Office S02E07














Share/Bookmark

lunes, 30 de agosto de 2010

Rayos X

Entre, quítese la ropa excepto los calzoncillos y póngase esta bata. Deja una de esas batas que parecen de papel sobre la camilla. Es azul oscura. Sale de la habitación y me quedo acompañado de los gruesos brazos metálicos que descansan allí, dormidos del mundo. Visto la bata con la abertura por delante aunque tengo la certeza de que debería ser al revés. La chica, pudorosa, no entra, sino que introduce una mano menuda por la abertura de la puerta dándome a entender que está ahí fuera esperando a que yo termine. Cuando quiera. Entra, ahora sí, y prepara un lecho de placas. Colóquese aquí, con los pies juntos. Separe los brazos...así, agárrese aquí con las manos. Pegue la espalda a la parte de atrás. Ahora le diré que no respire y que respire, ¿de acuerdo? Asiento y quedo inmóvil viendo cómo ella sale y se coloca al otro lado de la ventanita que hay en la pared izquierda. El ojo de rayos me mira frente a frente, puedo sentir su respirar afilado e inmisericorde. ¡No respire! Y contengo el poco oxígeno que hay en ese momento en mis aburridos pulmones. ¡Clonc! Oigo el disparo y siento la ola de radiación atravesarme. La bata se mueve imperceptiblemente contra el vello del pecho, impulsada por dios sabe qué partículas subatómicas. Mis células quedan arrasadas. He sobrevivido, por ahora, a una pequeña catástrofe nuclear. Este procedimiento se repite otras dos veces, con distintas posturas. Ya no noto la oleada caliente de los rayos x, parezco estar acostumbrado a ella. Hemos terminado. Me visto y espero los resultados fuera. Son unas radiografías enormes, salgo a escala, casi de cuerpo entero. Veo mis costillas, mi columna vertebral, mi cráneo: los trozos de piedra que me sostienen.
Ya en casa, por la noche, siento los huesos cansados y doloridos, reblandecidos por ese mar de átomos que los ha doblegado. Mis células se duelen, no en su composición, sino en su dignidad.

Share/Bookmark

viernes, 27 de agosto de 2010

Subtitul_ando: The Office S02E06














Share/Bookmark

martes, 24 de agosto de 2010

Hommage à un cafard

¿Ahora?

La puerta se ha cerrado con un buen ¡tompf!. Afuera estaban los grillos dándole leña al mono. ¿Pero, por qué sigue encendido el televisor? No veo a nadie, aunque, claro, mi posición no es la mejor para estar seguros. Vuelvo atrás y cuento hasta seis: uno, dos, tres, y todo el rollo. La verdad, es un técnica absurda con un número al azar, pero me la enseñó mi madre cuando chico y no se me ocurre otra cosa ahora mismo: tengo que ir ipso facto al baño y no estoy para inventar la pólvora. Parece que se hubieran dejado la tele y la luz encendidas; es tarde ya, nadie cambia de canal y no me creo que estén viendo las noticias a las dos de la mañana: “este fin de semana el precio del cogollo ibérico ha alcanzado un máximo histórico...” La verdad, el Conde de Montecristo no ha estado mal, sólo el vestuario un poco flojo, y que ha acabado a las mil...

Bueno, voy, a la de tres —otro número al azar, la mitad de bueno que el anterior—: una, dos, y ¡tres! ¡Joder, stop, que es para el otro lado! Con la poca luz que hay aquí y el sueño que tengo, he salido hacia la puerta. Un momento... me ha parecido ver una sombra cruzarme por encima. ¡Cagando-leches-para-adentro! Un,dos,un,dos,un,dos... Uf, se me han puesto los corazones a mil. Si es que me lo dicen siempre, que al final me voy a meter en un lío gordo; pero es que concentrarme no es lo mío, y menos en estas condiciones. ¡Me cago en la leche! ¿Qué es eso? ¡Han metido un palo aquí abajo y viene para acá! Pues me voy aunque sea hacia la puerta... a que no me pillas... Oh, oh, oh, Achtung, media vuelta, retirada, que sí, que me pilla, y como no es grande ¡A cubiertooo! A ver, tranquilizarse, escuchar, pensar, ¿cómo iba eso?

Eh... parece que se va el grandullón. ¡Ahora o nunca! Si corro un poco, llego al baño en un plisplás. ¿Qué es ese silbido? Oye, y... ¿a qué huele aquí? Hmmm, qué bien hueleee, es como a rosas, es como a paraíso, eso o que estoy borracho, pero ¿he bebido? ¿El baño era por allí? Se me vuelca todo, me voy a poner a bailar: ¡una patita! ¡eh! ¡otra patita! ¡ay! Qué cansancio... cuesta horrores esto, mejor me tumbo, sí, sólo un momentín, un descansito, así, ¡ay-qué-bien!, así, boca arriba. Qué bieeen... Ya mañana si eso... ¡Ay!


Share/Bookmark

miércoles, 18 de agosto de 2010

Averías - Juan José Millás

Ahora, cuando llueve, parece que se ha estropeado algo. Cuando hace frío, también. Y cuando nieva. Todo lo que no está al servicio de la producción molesta. Sale uno a la calle y, si las condiciones atmosféricas no resultan neutrales, se cabrea, como cuando se le estropea el vídeo, la televisión o el microondas. Exigimos a la naturaleza que se comporte con el grado de fiabilidad de un electrodoméstico.
Asimismo, cuando nos duele un riñón o se nos inflaman las mucosas nasales, tendemos a pensar en el cuerpo como un aparato defectuoso, de ahí que las enfermedades nos provoquen el mismo tipo de irritación que cuando el coche no arranca. Además, como el servicio de posventa del cuerpo, que es la Seguridad Social, no funciona, la desesperación alcanza los mismos niveles que cuando se nos estropea la lavadora y el técnico tarda quince días en venir. Tiene uno un dolor de muelas que no le deja producir a gusto para contribuir al desarrollo del mercado, y resulta que el técnico de esa materia no le puede atender hasta dentro de un mes. Y eso que pagamos una cuota para hacer frente a estos imprevistos. ¿Podemos estar un mes con el coche roto, con el vídeo estropeado o con el lavavajillas inservible? No. Pues tampoco podemos estar un mes sin cuerpo o con el cuerpo en unas condiciones de rendimiento inferiores a los índices recomendados por la CE.
El otro día un trabajador llamó a su oficina diciendo que llegaría más tarde porque se le había estropeado el niño y el servicio técnico de urgencias todavía no había llegado. El niño tenía anginas y con lo del servicio técnico se refería al médico de cabecera.
Ya no podemos disfrutar de la lluvia ni del frío ni de una gripe que nos tenga tres días en cama leyendo Guerra y paz. Estamos electrodomesticados.
Share/Bookmark