martes, 20 de diciembre de 2011

Bancal

Ya media la noche. Sobre la Trapería penden, como planetas, enormes esferas oscuras: motivos navideños desacompasados. El piso mojado me devuelve la mortecina luz de las farolas mientras avanzo por las calles, flanqueado por tiendas lúgubres de escaparates cansados y ausentes. Escaparates poblados de objetos, de sombras de objetos, que descansan, aliviados de la tensión del día, contentos de no ser, por unas horas, el centro de atención: felices de no tener que brillar. Objetos —a un tiempo— inquietos, sabedores de que su sosiego es breve, de que las luces pronto los impulsaran contra los ojos de los transeúntes. Paso frente a juguetes dormidos, frente a trajes dormidos sobre maniquíes dormidos; dejo atrás cocinas y sofás dormidos, juegos de toallas dormidos, granos de café dormidos. Y al poco de caminar, resplandeciente, me asalta el único comercio con la luz encendida. Es un banco. Las luces metálicas salen puñaladas a través de los cristales. Y, dormido, yace el objeto que será lanzado mañana a los ojos de los transeúntes: un hombre. Arrebujado en su miseria; escondido bajo unos cartones desiguales de los que asoman dos calcetines fofos y una mata de pelo desgreñado. Buenas noches, ciudad, que durmáis bien.
Share/Bookmark

martes, 30 de agosto de 2011

Caravana


Bajo la tersa noche se arrastran mansamente los camellos. Corre un viento ligero que nos seca hasta el alma. Un rasgar cadencioso entre la arena, un remolino agitando nuestras ropas, el borbotear del agua en las profundas entrañas de un camello, esto es lo único que oímos. Arriba, las estrellas nos observan curiosas, el gusano que somos de camellos y hombres. Abajo, minúsculos cristales de piedra nos soportan, haciéndose ligeramente a un lado a cada paso, refundiendo la piel suave y sedosa del desierto. Todo se ha hecho infinito: el perfil ondulante de las dunas, los segundos, la bóveda celeste, la cadencia tranquila del camello. Así, dejamos desvariar nuestra noción del tiempo: somos una caravana de sal, comerciantes tuareg, exploradores... un enjambre de células a lomos de otro enjambre, entre dos infinitos con arena y estrellas.




Share/Bookmark

lunes, 11 de julio de 2011

Starting the journey: Traducción Técnica

www.traducciontecnica.es
Share/Bookmark

lunes, 30 de mayo de 2011

Sobre la inversión posible del instantáneo global


Siempre me han fascinado los títulos inextricables que usan los filósofos para dar apariencia de profundidad a sus obras —una profundidad que, seamos sinceros, no todas tienen—. Hoy, yo mismo, enfrentado a la bota simplicidad de mis ideas, me he visto en la necesidad de rebuscar en el diccionario para poder disfrazar este texto con un cierto halo de dignidad, que es, supongo, la antesala de la autoridad.

Leo, últimamente y con agrado, muchos artículos sobre la Democracia 2.0, la Democracia 4.0, la Democracia Real… Todos ellos, usen o no nombres con aroma a nuevas tecnologías, hablan básicamente de lo mismo: se pretende llevar a la práctica un sistema democrático que contemple una participación mucho más activa del ciudadano. Se busca no limitarse a esa raquítica participación —raquítica porque son listas cerradas; raquítica, también, porque la voz del ciudadano se ve distorsionada por las circunscripciones electorales— que disfrutamos cada cuatro años.

¿Por qué esta reciente oleada de apoyos a una democracia más participativa? Se podría pensar que es un efecto secundario de esta crisis tan pregonada. Sin embargo, creo que es, más bien, el resultado de una toma de conciencia de las ventajas parcialmente inexploradas que ofrecen las nuevas tecnologías: la inmediatez y la globalidad. Y escribo «parcialmente inexploradas» porque estas ventajas sí se aprovechan, pero en una sola dirección: la que se limita a publicar la realidad de manera instantánea en todo el globo. Así, todos podemos ver en tiempo real cómo un tsunami ahoga las costas japonesas y todos podemos escuchar en directo el discurso del presidente estadounidense —otros presidentes parecen no gozar de tanta difusión—. Con todo, hay, ciertamente, otra manera mucho más interesante de aprovechar las ventajas de las nuevas tecnologías: usarlas para configurar la realidad de modo instantáneo y global. Este es el envés para escribir del haz en que leemos actualmente: hoy día las tecnologías se limitan a multiplicar en infinitas proyecciones cada realidad; mañana, si ponemos empeño, las tecnologías concentrarán múltiples voluntades en una realidad.

Podemos, por tanto, dejar de ser público y comparsa de una realidad que parece que discurriera por sí misma. Podemos invertir el flujo de información: dejar de ser sumideros y proclamarnos manantiales. Podemos configurar nuestra realidad, que es, al fin y al cabo, lo único que tenemos.
Share/Bookmark

miércoles, 9 de marzo de 2011

Autobús de línea. El 6A: La Alberca- Murcia.


Ayer lunes vinieron dos seises seguidos a las ocho y media: uno normal y otro especial. Nos agolpamos frente a las puertas del primero —una multitud heterogénea—: marroquíes, subsaharianos, españoles, eslavos, etc. La tripulación de una galera romana. Se abrieron las puertas y el conductor nos gritó: ¡Los de Jesús Abandonado, al autobús de atrás! Solo quedamos en el primer autobús los españoles. Entre el resto, aunque muchos no hablaran español, la orden se extendió como una mancha de tinta. Cogí un asiento que miraba en sentido contrario a la marcha. Viajaba, pues, enfrentado al seis especial. En él se repartían los desamparados, con las miradas perdidas.
Hoy martes a las ocho solo viene un seis. No hay seis especial. De nuevo, hay una mezcla insólita de tripulación, pero hoy solo hay un autobús. Vamos entrando y nos vamos apretando, todos de pie, hombro con hombro, con espalda, con brazo y con tórax. Nos hacinamos mientras el conductor, desesperado, grita, ¡pasad para atrás! Y no cabemos más, y una fila inquieta sigue esperando ante la puerta. El conductor se vuelve ¡Si no pasáis para atrás, no pueden subir estos! Algunos murmuran nerviosos, en español, en árabe, en inglés. Nos va inundando un olor acre a humanidad y miseria. Finalmente, el autobús parte dejando a alguna gente en la parada ¡Ahora viene otro! les grita el conductor a modo de consuelo y arranca brusco, haciendo bambolear todo el autobús.
Frente a mí —aunque a escasos centímetros—, un hombre bajo le murmura a otro por encima del hombro:
—This is not allowed, we travel here packed as pigs. In France the police would stop the bus and shout: ¡everybody out! This is not allowed!
Y… sí, somos unos 60 cerdos apretados. Miro directo sus ojos azules y le digo:
—You’re right, this is probably not allowed. This is well above the limit.
Queda, por un momento, confundido.
—Where did you learn English? —me pregunta.
—I’ve been to Germany.
—Yes, I thought you had a bit of a German accent.
—Where are you from?
—I come from France but I’m originally from Scotland, even though I haven’t been there for thirty years. I was expelled from the UK and after that I’ve lived in many countries.
Mientras me habla, clava en mí sus serenos y punzantes ojos azules, enmarcados por finas arrugas en una cara curtida por el tiempo.
—And how long have you been in Spain?
—Well, I went to Barcelona three weeks ago and there they robbed me and hit me; I had to be sent to hospital. But now I want to get out of this shit. This is not life; we are given free bad meals and free bad linen. People stink there.
—It must be difficult; it's a strange mix of cultures.
—It’s not that. They are just not responsible; they are not mature, not prepared for the responsibility. They like to go and create a mess and then have a woman clean everything. They don’t wash themselves, they stink like shit. It’s four people in a room and they are loud the whole night long and stink like shit, they just don’t show any respect for humanity.
—They must be used to something very different in their countries.
—They are just not prepared for living in a society; they want to be given everything for free. They want to go and shit anywhere. If you want to be a part of the society you need a lot of money, you need to pay a rent, you need to pay for the electricity bill, to pay two months caution... They are outsiders; they are always going to be. But not me, I’m out of this shit tomorrow. I’m going back to France.
—How are you getting back there?
—By train, I’ve got a train ticket and a lot of food, tomorrow I’m out of this shit. But it’s been good experience, you know? If you just watch it on the TV, you don’t know what is really going on here, because they just show you what they want you to know, but you need to go to the place and to live there to see reality. It’s been good experience.
—But you had enough of it, right?
—Yes, I was robbed and attacked, I was sent to the hospital in Barcelona and they didn’t heal me properly, you see my finger?
Me muestra sus manos con los dedos estirados, el dedo anular de su mano izquierda está claramente hinchado y torcido en una articulación.
—They didn’t cure it, you see? Then I was out of hospital and I lost my head, I came down to Murcia and I’ve been living in shit for two weeks. But tomorrow I go back!
Otro hombre, mucho más joven, se inclina hacia nosotros.
—Will you stop complaining? If you are in Siberia you can complain, with minus forty grados, but here... You are going to miss this.
—I will not complain anymore, I’m travelling back to France tomorrow, I have everything there.
—What you have there? Nobody knows what you have there.
—I have a nice girlfriend and good food and I can have a quiet life.
—Good food? This food is better than France!
—But in France I eat Murcia! I go into a shop and see where the food is coming from: Murcia, Valencia, Andalusia… In France we eat Spain.
—I’m sure you are going to miss this bus.
—I’m not taking the bus anymore!
—And what are you going to do?
—Driving! My friend has a car there!
Hace con las manos el gesto de coger el volante.
—Here I was attacked, stolen, and the police took my two knives away. They said they were too big, you know? Two French knives for eating bread, they said they were too big, they said I could just carry a small knife like this.
Separa sus manos como si sostuviera una nuez entre ellas.
—And you know what the best part of it is? The British government is paying.
—The British? You mean the French?
—No, no, because I’m not a French citizen. I’m a British citizen. So I go to the woman and she rings the French government, with my social security number and everything, but they say I’m not French. So she then rings England, and they want to keep me happy, you know? They pay for a big bag of food and a train ticket.
Señala una bolsa de comida a sus pies.
—This is calidad, you know? ¡Calidad español!
Un hombre a su espalda se gira y susurra:
—Could you press the bell?

Estamos llegando a Jesús Abandonado. La marea se precipita hacia la puerta y yo quedo inmóvil, rodeado por ese maremágnum de cuerpos que fluye, sumergido en sus olores, en sus conversaciones, pero infinitamente lejos de ellos, de sus sueños. Mi amigo se agacha, recoge satisfecho su gran bolsa de comida. Le toco en el hombro:
—Good luck for your trip tomorrow!
Me mira, confundido un instante.
—Aren’t you coming down? Why? Where are you getting off?
—Further ahead.
—Oh…
Se baja del autobús y se cierran las puertas tras él y tras todos los que, como él, van a pasar la noche en ese espacio de miseria. El autobús queda semivacío y en silencio y sigue su trayecto noctámbulo hacia La Alberca.
Share/Bookmark

sábado, 30 de octubre de 2010

LA GUARDIA BLANCA - Mijaíl Bulgákov



«Durante toda su vida, hasta 1914, Kozir había sido maestro rural. El año catorce, al empezar la guerra, fue a parar a un regimiento de dragones, y en 1917 había sido ascendido a oficial. El amanecer del catorce de diciembre del dieciocho sorprendió a Kozir, al pie de la ventana, como coronel del ejército de Petliura sin que nadie —y menos que nadie el propio interesado— pudiera decir cómo habían rodado así las cosas. Y esto ocurrió porque la guerra era para él una verdadera vocación, mientras que la profesión de maestro no había sido más que un largo y tremendo error. Es algo, por lo demás, muy frecuente en nuestra vida. Durante veinte años uno se dedica a cualquier cosa, por ejemplo, a enseñar Derecho romano, y al veintiuno descubre de pronto que el Derecho romano no le importa lo más mínimo, no le gusta y ni siquiera lo comprende; en realidad es un excelente floricultor y siente un amor apasionado por las flores. Hay que suponer que esto obedece a la imperfección de nuestro régimen social, en el que muy a menudo la gente sólo logra ocupar el lugar que le corresponde al fin de su vida. Kozir pasó a ocuparlo a los cuarenta y cinco años. Hasta entonces había sido un mal maestro, cruel y aburrido.»
Share/Bookmark

martes, 5 de octubre de 2010

Un centenario rayo

1 M Un Carnívoro Cuchillo by user6002413


Share/Bookmark

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Mi tía holga


El derecho a la huelga me parece, sinceramente, el derecho a la pataleta, a la rabieta, a decir “¡Eh, que estamos muy enfadados, que esas decisiones vuestras no nos gustan nada!”. Luego, que eso se traduzca en alguna rectificación por parte de los gobernantes ya es harina de otro costal. Y no estoy hablando de esta huelga concreta con estos gobernantes, me refiero a cualquier huelga. Porque la huelga viene a ser en la política lo que es la canción protesta en la música. Suena y suena y suena; pero ese soniquete no tiene ningún efecto en el mundo real.

Lo cierto es que considero las huelgas una forma un tanto primitiva de funcionar. En esta democracia —gobierno del pueblo— en la que el ciudadano supuestamente tiene la potestad de participar en el gobierno, lo único que se puede hacer en realidad es depositar un papelito cada cuatro años para votar por alguno de los partidos políticos que se presentan a las elecciones. Por descontado, son listas cerradas, así que no se puede votar a los individuos, sino a los partidos. Luego, como era de esperar, los ciudadanos no son consultados ni una sola vez hasta pasados otros cuatro años. En todo ese tiempo, el partido en el gobierno tomará las decisiones que estime oportunas según sus intereses políticos —más conocidos bajo el nombre de interés general—. Si alguna de esas decisiones no gusta, los ciudadanos podran optar por las siguientes opciones:
  • Aguantarse.
  • Poner los ojos en blanco.
  • Ir a un bar y poner verde al gobierno, en animada conversación con camarero y amigos.
  • Despotricar del gobierno junto con el gasolinero mientras se reposta.
  • Ver un canal de televisión contrario al gobierno, donde una serie de tertulianos encendidos despotrican. Por poco más de un euro, también, mandar un sms para que toda la audiencia vea su formada y bien argumentada opinión.
  • Colgar un comentario en algún periódico digital, cuidando de evitar términos como “hijos de puta”, para que su opinión no sea censurada.
  • Hacer huelga.
Todas estas opciones son igualmente efectivas.

Cuando era pequeño y me contaban lo de la democracia, en mi cabeza rondaba más bien la idea de una democracia participativa. Es decir, donde el ciudadano decide qué se hace y qué no se hace. Entiendo que organizar un referéndum en el S.XVIII era muy complicado, y parecía más eficaz que el ciudadano se inmiscuyera lo menos posible en la política —sin apartarlo del todo, no obstante, dejándolo expresarse una vez cada cuatro años—. Hoy día, sin embargo, cuando hay miles de terminales que podrían recoger el voto de los ciudadanos (estoy pensando desde los ordenadores personales hasta los cajeros automáticos), no entiendo por qué persistimos en el arcaismo de elegir a un grupo de personas que nos dirijan y, si algo no nos gusta, salir a la calle con banderas y pitos para demostrárselo. ¿No sería más fácil que participáramos desde un principio en la toma de decisiones?

Las huelgas huelgan, o menos huelga y más juerga.

Share/Bookmark

sábado, 25 de septiembre de 2010

Corominae Gratia

Exploring our roots, click on the picture to make it bigger. Thanks, Pol.


Share/Bookmark

domingo, 5 de septiembre de 2010

Subtitul_ando: The Office S02E07














Share/Bookmark

lunes, 30 de agosto de 2010

Rayos X

Entre, quítese la ropa excepto los calzoncillos y póngase esta bata. Deja una de esas batas que parecen de papel sobre la camilla. Es azul oscura. Sale de la habitación y me quedo acompañado de los gruesos brazos metálicos que descansan allí, dormidos del mundo. Visto la bata con la abertura por delante aunque tengo la certeza de que debería ser al revés. La chica, pudorosa, no entra, sino que introduce una mano menuda por la abertura de la puerta dándome a entender que está ahí fuera esperando a que yo termine. Cuando quiera. Entra, ahora sí, y prepara un lecho de placas. Colóquese aquí, con los pies juntos. Separe los brazos...así, agárrese aquí con las manos. Pegue la espalda a la parte de atrás. Ahora le diré que no respire y que respire, ¿de acuerdo? Asiento y quedo inmóvil viendo cómo ella sale y se coloca al otro lado de la ventanita que hay en la pared izquierda. El ojo de rayos me mira frente a frente, puedo sentir su respirar afilado e inmisericorde. ¡No respire! Y contengo el poco oxígeno que hay en ese momento en mis aburridos pulmones. ¡Clonc! Oigo el disparo y siento la ola de radiación atravesarme. La bata se mueve imperceptiblemente contra el vello del pecho, impulsada por dios sabe qué partículas subatómicas. Mis células quedan arrasadas. He sobrevivido, por ahora, a una pequeña catástrofe nuclear. Este procedimiento se repite otras dos veces, con distintas posturas. Ya no noto la oleada caliente de los rayos x, parezco estar acostumbrado a ella. Hemos terminado. Me visto y espero los resultados fuera. Son unas radiografías enormes, salgo a escala, casi de cuerpo entero. Veo mis costillas, mi columna vertebral, mi cráneo: los trozos de piedra que me sostienen.
Ya en casa, por la noche, siento los huesos cansados y doloridos, reblandecidos por ese mar de átomos que los ha doblegado. Mis células se duelen, no en su composición, sino en su dignidad.

Share/Bookmark

viernes, 27 de agosto de 2010

Subtitul_ando: The Office S02E06














Share/Bookmark

martes, 24 de agosto de 2010

Hommage à un cafard

¿Ahora?

La puerta se ha cerrado con un buen ¡tompf!. Afuera estaban los grillos dándole leña al mono. ¿Pero, por qué sigue encendido el televisor? No veo a nadie, aunque, claro, mi posición no es la mejor para estar seguros. Vuelvo atrás y cuento hasta seis: uno, dos, tres, y todo el rollo. La verdad, es un técnica absurda con un número al azar, pero me la enseñó mi madre cuando chico y no se me ocurre otra cosa ahora mismo: tengo que ir ipso facto al baño y no estoy para inventar la pólvora. Parece que se hubieran dejado la tele y la luz encendidas; es tarde ya, nadie cambia de canal y no me creo que estén viendo las noticias a las dos de la mañana: “este fin de semana el precio del cogollo ibérico ha alcanzado un máximo histórico...” La verdad, el Conde de Montecristo no ha estado mal, sólo el vestuario un poco flojo, y que ha acabado a las mil...

Bueno, voy, a la de tres —otro número al azar, la mitad de bueno que el anterior—: una, dos, y ¡tres! ¡Joder, stop, que es para el otro lado! Con la poca luz que hay aquí y el sueño que tengo, he salido hacia la puerta. Un momento... me ha parecido ver una sombra cruzarme por encima. ¡Cagando-leches-para-adentro! Un,dos,un,dos,un,dos... Uf, se me han puesto los corazones a mil. Si es que me lo dicen siempre, que al final me voy a meter en un lío gordo; pero es que concentrarme no es lo mío, y menos en estas condiciones. ¡Me cago en la leche! ¿Qué es eso? ¡Han metido un palo aquí abajo y viene para acá! Pues me voy aunque sea hacia la puerta... a que no me pillas... Oh, oh, oh, Achtung, media vuelta, retirada, que sí, que me pilla, y como no es grande ¡A cubiertooo! A ver, tranquilizarse, escuchar, pensar, ¿cómo iba eso?

Eh... parece que se va el grandullón. ¡Ahora o nunca! Si corro un poco, llego al baño en un plisplás. ¿Qué es ese silbido? Oye, y... ¿a qué huele aquí? Hmmm, qué bien hueleee, es como a rosas, es como a paraíso, eso o que estoy borracho, pero ¿he bebido? ¿El baño era por allí? Se me vuelca todo, me voy a poner a bailar: ¡una patita! ¡eh! ¡otra patita! ¡ay! Qué cansancio... cuesta horrores esto, mejor me tumbo, sí, sólo un momentín, un descansito, así, ¡ay-qué-bien!, así, boca arriba. Qué bieeen... Ya mañana si eso... ¡Ay!


Share/Bookmark

miércoles, 18 de agosto de 2010

Averías - Juan José Millás

Ahora, cuando llueve, parece que se ha estropeado algo. Cuando hace frío, también. Y cuando nieva. Todo lo que no está al servicio de la producción molesta. Sale uno a la calle y, si las condiciones atmosféricas no resultan neutrales, se cabrea, como cuando se le estropea el vídeo, la televisión o el microondas. Exigimos a la naturaleza que se comporte con el grado de fiabilidad de un electrodoméstico.
Asimismo, cuando nos duele un riñón o se nos inflaman las mucosas nasales, tendemos a pensar en el cuerpo como un aparato defectuoso, de ahí que las enfermedades nos provoquen el mismo tipo de irritación que cuando el coche no arranca. Además, como el servicio de posventa del cuerpo, que es la Seguridad Social, no funciona, la desesperación alcanza los mismos niveles que cuando se nos estropea la lavadora y el técnico tarda quince días en venir. Tiene uno un dolor de muelas que no le deja producir a gusto para contribuir al desarrollo del mercado, y resulta que el técnico de esa materia no le puede atender hasta dentro de un mes. Y eso que pagamos una cuota para hacer frente a estos imprevistos. ¿Podemos estar un mes con el coche roto, con el vídeo estropeado o con el lavavajillas inservible? No. Pues tampoco podemos estar un mes sin cuerpo o con el cuerpo en unas condiciones de rendimiento inferiores a los índices recomendados por la CE.
El otro día un trabajador llamó a su oficina diciendo que llegaría más tarde porque se le había estropeado el niño y el servicio técnico de urgencias todavía no había llegado. El niño tenía anginas y con lo del servicio técnico se refería al médico de cabecera.
Ya no podemos disfrutar de la lluvia ni del frío ni de una gripe que nos tenga tres días en cama leyendo Guerra y paz. Estamos electrodomesticados.
Share/Bookmark

lunes, 2 de agosto de 2010

LA REVOLUCIÓN - Sławomir Mrożek

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo... Ah, si no fuera por ese "cierto tiempo". Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, ésa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez "cierto tiempo" también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

Share/Bookmark

miércoles, 7 de julio de 2010

SMIGLY: A Life


Share/Bookmark

jueves, 17 de junio de 2010

drEamS and NiGHtmAres

Persigue tus sueños o te perseguirán tus pesadillas.






Share/Bookmark

Рубцов мост

La carga del carro podría contener al universo: cajas de manzanas, camisas, tuberías, gallinas… en fin, todo lo que uno pueda imaginar (sí, sonajeros también) revuelto en un caos inconcebible e insuperable. Todo esto parecía ir persiguiendo lentamente a una mula enana, de la que el señor Grigory se pavoneaba de haber mandado sola a repartir, tan bien que conocía el camino. El constante tufillo a vodka del señor Grigory, sin embargo, hacía a muchos dudar de la proeza.

Treinta años estuvo Grigory Truglitschka con la misma minúscula mula, que al final no era más que un espantajo, repartiendo miserias por las calles. Le pedías cualquier cosa y veías su ceja alzarse y quedar suspendida unos segundos mientras repasaba las baratijas de su carro y, de repente, una chispa iluminaba sus ojos y se zambullía raudo como una comadreja para salir, al poco, triunfal, riéndose por toda la calle y levantando bien alto una espátula o una pecera. Al final, a la mulilla hubo que jubilarla, el carro se desintegró por sí mismo y volcaron sus trastos en una furgoneta abollada y enclenque que chirría a cada giro.

Del cajón de sastre del señor Grigory también salieron los hermanos Truglitschka, en completo desorden, cada uno de una mujer distinta que, en su momento, huyó, sobrepasada por esa vida de días arrumbados. Así, siempre he oído decir que en lo único que se parecen los Truglitschka es en el padre. Aparte de eso, guardan el mismo parecido que un adoquín, una flauta y un látigo. Textualmente: el adoquín es el gordo Oleg, que conduce la furgoneta con los ojos semicerrados, embutido como por milagro entre el volante y el asiento; la flauta sería Ilya que, largo y ausente, se tumba en la parte de atrás y se deja soñar hasta que le arrean para que se levante y ayude a descargar; y el látigo es Filat, copiloto, que grita incansable a Oleg en cada curva, intersección o incluso recta. Tanto, que la imagen de la furgoneta es indisociable del “¡A la derecha, Oleg, por dios santo! ¿Es que quieres que nos matemos?”.

En los últimos diez años, diez, los hermanos Truglitschka no han fallado ni un solo día; se han convertido en una hebra más del tiempo, con su traqueteo y su reptar ausente y despistado. Hoy, sin embargo, hay una nota vacilante en el deambular de la vieja furgoneta. Anoche escuché a madre en el rellano cuchicheando con Lena, la del cuarto:

¿Te has enterado, Lena? ¡Qué desgracia!

¿Qué ha sido, le ha pasado algo a tu niño?

No, no, quita, el niño está bien, los Truglitschka…

Y aquí madre rompió en un sollozo largo y suave, como el aspirar de un gato.

¿Los hermanos?

Al pobre Filat, dicen, se le ha explotado el corazón. Iba gritando alegremente por la Pyatnitskaya y, de golpe, se ha quedado mudo, la mano agarrotada en el pecho y… se ha ido.

¡Dios mío, con lo bueno que era! ¿Qué va a hacer Oleg sin él...?

¡Ay! Oleg…

Otro sollozo, ahora más doliente, como una rama que se quiebra lenta, cargada por la nieve.

Oleg, Lena… Oleg… ha saltado del puente Rubtsov, como poseído. Y resulta que el río estaba helado, duro como una piedra... Ni una pequeña grieta ha hecho el bueno de Oleg.

Hoy conduce Ilya la furgoneta. Él y su ensoñación lúgubre deambulan tan perdidos por Moscú… ¿Cómo seguir viviendo ahora, sin los Truglitschka?

Share/Bookmark

martes, 8 de junio de 2010

Ken Robinson - Revolution

If you are doing something you love, an hour feels like five minutes. If you are doing something that doesn't resonate with your spirit, five minutes feels like an hour.

Sir Ken Robinson: Bring on the learning revolution! | Video on TED.com
Share/Bookmark

domingo, 16 de mayo de 2010

Capitalismo hace casi cien años

Con el término "capitalismo" o "sistema capitalista" designamos aquel determinado estadio del desarrollo de la industria y de las instituciones legales en el cual el grueso de los trabajadores se encuentra separado de la propiedad sobre los instrumentos de la producción, de tal modo que se sitúan en la posición de asalariados cuya subsistencia, cuya seguridad y cuya libertad personal parecen depender de la voluntad de un sector relativamente reducido de la población, a saber: de aquellos que poseen -y que gracias a esa propiedad jurídica dominan- la organización de la tierra, la maquinaria y la fuerza de trabajo de la comunidad con la finalidad de obtener ganancias individuales y privadas para sí mismos.

La decadencia de la civilización capitalista. 1923. Sidney Webb.
Share/Bookmark